Anne cerró los ojos por un momento, solo un momento, mientras las palabras del libro de mitología vasca bailaban frente a ella. La lámpara de su mesita de noche proyectaba sombras cálidas sobre las páginas amarillentas, y sus dedos acariciaban distraídamente la ilustración de una mujer misteriosa rodeada de rayos y montañas. «Mari, señora de las tormentas», decía el pie de foto. Qué nombre tan simple para alguien tan poderoso, pensó Anne antes de que sus párpados se volvieran pesados como piedras.
El libro resbaló suavemente de sus manos.
Y entonces, como cada noche desde hacía una semana, todo cambió.
El aire de su habitación se transformó. Ya no olía a los libros apilados en su escritorio ni al suavizante de sus sábanas. Ahora había un aroma intenso a tierra húmeda, a musgo antiguo, a algo verde y vivo que no tenía nombre. Anne abrió los ojos y supo, sin necesidad de mirar alrededor, que ya no estaba en su cama.
Estaba de pie en medio de un bosque.
Pero no era un bosque cualquiera. Los árboles se elevaban hacia un cielo que parecía estar hecho de terciopelo violeta, con estrellas que pulsaban como corazones diminutos. Las hojas brillaban con un resplandor plateado, como si cada una hubiera sido bañada en luz de luna líquida. El suelo bajo sus pies descalzos era suave, cubierto de un musgo tan verde que parecía irreal, y entre las raíces retorcidas de los árboles crecían flores que Anne nunca había visto: algunas con pétalos transparentes que dejaban ver sus venas luminosas, otras que se abrían y cerraban como si respiraran.
Un sendero serpenteaba entre los troncos, marcado por piedras que brillaban con una luz tenue y azulada. Anne sabía que debía seguirlo. Siempre lo sabía, aunque no pudiera explicar por qué.
Caminó despacio, sintiendo cómo el musgo se hundía ligeramente bajo sus pies, cómo el aire fresco le acariciaba la piel. A su alrededor, el bosque susurraba. No era el sonido del viento entre las hojas, sino algo más profundo, más antiguo, como si los árboles mismos estuvieran contándose secretos en un idioma olvidado.
Entonces la vio.
Al principio, Anne pensó que era parte del bosque mismo. Una figura femenina estaba de pie junto a un roble enorme, tan inmóvil que podría haber sido una estatua. Pero cuando Anne se acercó, la figura se movió, y Anne contuvo el aliento.
Era ella. Mari.
No se parecía exactamente a la ilustración del libro. Era más real, más presente, más… humana, de alguna manera. Su cabello era largo y oscuro, casi negro, y caía en ondas sobre sus hombros como una cascada. Sus ojos eran del color de la tormenta, grises con destellos plateados que parecían capturar relámpagos. Vestía ropas que fluían como el agua, en tonos de verde profundo y gris piedra, y cuando se movía, Anne podía jurar que veía chispas diminutas danzando en el aire a su alrededor.
Pero lo más sorprendente era su sonrisa. Era cálida, genuina, casi traviesa.
—Otra vez por aquí —dijo Mari, y su voz era como el rumor de un río sobre rocas—. Ya van… ¿cuántas noches? ¿Siete?
Anne asintió, incapaz de hablar. Cada noche había sido igual: aparecía en el bosque, veía a Mari a lo lejos, y luego despertaba antes de poder acercarse. Pero esta noche era diferente. Esta noche, Mari le estaba hablando directamente.
—Siete noches observándome desde lejos —continuó Mari, dando un paso hacia ella—. Pensé que nunca te atreverías a acercarte. Pero aquí estás.
—Yo… —Anne tragó saliva—. No sé cómo llegué aquí. Cada noche me duermo leyendo sobre ti y…
—¿Y apareces en mi bosque? —Mari terminó la frase con una sonrisa más amplia—. Sí, eso pasa a veces. Cuando alguien piensa mucho en mí, cuando realmente quiere conocerme, a veces los traigo aquí. En sueños, claro. Aunque esto es más real que muchos sueños, ¿verdad?
Anne miró a su alrededor. Todo se sentía increíblemente real: el aire fresco en su piel, el olor a tierra y flores, la textura del musgo bajo sus pies.
—Es… es alucinante —susurró Anne—. O sea, tú eres real. Eres Mari. La Mari de verdad.
—La mismísima —respondió Mari con un guiño—. Aunque probablemente no soy exactamente como te la imaginabas, ¿no?
Anne negó con la cabeza, todavía procesando todo.
—En el libro pareces más… no sé, más seria. Más distante. Como una estatua en un templo o algo así.
Mari soltó una carcajada que sonó como campanas de viento.
—Ay, esos libros. Siempre me pintan como si fuera una especie de jueza severa de los seres de la Tierra. Supongo que tiene sentido, considerando lo que hago, pero… —se encogió de hombros—. Soy mucho más que eso. ¿Quieres caminar conmigo? Te puedo enseñar un poco de mi mundo. De mi vida.
—¿En serio? —Anne sintió que su corazón se aceleraba—. Sí, claro, me encantaría.
Mari extendió su mano, y Anne la tomó sin dudarlo. Su piel era cálida, pero había algo más, una especie de energía que vibraba justo debajo de la superficie, como electricidad contenida.
Comenzaron a caminar por el sendero, adentrándose más en el bosque. Las piedras luminosas marcaban el camino, y a medida que avanzaban, el bosque se volvía más y más extraordinario. Había árboles con cortezas que parecían estar hechas de cristal, arroyos que fluían hacia arriba en lugar de hacia abajo, y criaturas pequeñas y brillantes que se escondían entre las sombras, observándolas con ojos curiosos.
—Entonces —dijo Anne, encontrando finalmente su voz—, ¿esto es donde vives? ¿Este bosque?
—Esto es uno de mis lugares —respondió Mari—. Tengo muchos. Cuevas en las montañas, palacios bajo la tierra, templos olvidados en los valles. Pero este bosque… este es especial. Es un lugar entre lugares, un espacio donde el mundo de los sueños y el mundo real se tocan. Por eso puedes venir aquí cuando duermes.
—Es increíble —murmuró Anne, mirando cómo una mariposa del tamaño de su mano pasaba volando, dejando un rastro de luz dorada.
—¿Sabes? —Mari se detuvo junto a un árbol particularmente antiguo, con raíces que se hundían profundamente en la tierra—. La mayoría de la gente piensa que mi vida es todo drama y poder. Tormentas, rayos, terremotos, ya sabes. Y sí, eso es parte de lo que hago, pero no es todo. Mi día a día es… bueno, es complicado. Y a veces bastante solitario.
Anne la miró con curiosidad.
—¿Solitario? Pero eres una diosa. Pensé que… no sé, que estarías rodeada de gente todo el tiempo. O de otros dioses.
Mari sonrió con tristeza.
—Los otros dioses… la mayoría se fueron hace mucho tiempo. O se durmieron. O se desvanecieron cuando la gente dejó de creer en ellos. Yo sigo aquí porque las montañas siguen aquí, porque las tormentas siguen aquí, porque la tierra todavía me necesita. Pero sí, es solitario.
Continuaron caminando, y Mari comenzó a hablar más abiertamente, como si hubiera estado esperando a alguien con quien compartir todo esto.
—Mi día comienza antes del amanecer —explicó—. Bueno, «día» es una forma de decirlo. El tiempo funciona diferente para mí. Pero digamos que tengo rutinas. Cada mañana, recorro las montañas. Todas ellas. Desde los Pirineos hasta las colinas más pequeñas. Verifico las cuevas, me aseguro de que todo esté en equilibrio. Las cuevas son importantes, ¿sabes? Son como… como las venas de la tierra. A través de ellas fluye la energía del mundo.
—¿Y qué haces exactamente en las cuevas? —preguntó Anne, fascinada.
—Depende —Mari se agachó para tocar una flor que brillaba con luz propia—. A veces solo necesito estar allí, sentir el pulso de la tierra. Otras veces hay trabajo que hacer. Hay grietas que necesitan cerrarse, corrientes subterráneas que necesitan ser redirigidas, cristales que necesitan crecer. La tierra es un organismo vivo, Anne. Respira, se mueve, cambia. Y yo soy parte de ese proceso.
Llegaron a un claro donde había un estanque perfectamente circular. El agua era tan clara que Anne podía ver hasta el fondo, donde piedras de colores brillaban como joyas. Mari se sentó en el borde, y Anne se sentó a su lado.
—Luego están las tormentas —continuó Mari, mirando su reflejo en el agua—. Esa es la parte que la gente más conoce de mí. La señora de las tormentas, me llaman. Y es verdad. Yo controlo el clima en estas tierras. Cuando hay sequía, traigo la lluvia. Cuando hay demasiada lluvia, la detengo. Cuando la tierra necesita ser limpiada, traigo tormentas.
—¿Cómo es eso? —Anne se inclinó hacia adelante—. ¿Controlar las tormentas?
Los ojos de Mari brillaron, literalmente, con destellos plateados.
—Es… es difícil de explicar. Imagina que puedes sentir cada gota de humedad en el aire, cada corriente de viento, cada carga eléctrica en las nubes. Puedo sentir todo eso, y puedo moverlo, moldearlo, dirigirlo. Cuando creo una tormenta, no es solo lanzar rayos al azar. Es como… como dirigir una orquesta. Cada elemento tiene que estar en el lugar correcto, en el momento correcto.
—Suena agotador —dijo Anne.
—Lo es —admitió Mari—. Especialmente ahora. El clima está cambiando, ¿sabes? No como solía hacerlo naturalmente. Hay algo diferente en el aire, algo que los humanos están haciendo. Hace que mi trabajo sea más difícil. Las tormentas son más impredecibles, más violentas. Tengo que trabajar el doble para mantener el equilibrio.
Anne sintió una punzada de culpa, aunque no sabía exactamente por qué.
—¿Te refieres al cambio climático?
—Sí —Mari asintió—. Vuestro mundo moderno. Es fascinante y aterrador al mismo tiempo. He visto pasar milenios, Anne. He visto civilizaciones enteras nacer y morir. Pero nunca había visto a los humanos cambiar el mundo tan rápido, tan drásticamente. A veces me pregunto si podré seguir el ritmo.
Se quedaron en silencio por un momento, escuchando el suave murmullo del agua.
—Pero no todo es trabajo pesado —dijo Mari, su tono volviéndose más ligero—. También hay momentos hermosos. Como cuando una tormenta finalmente rompe una sequía y puedo sentir cómo la tierra bebe el agua, cómo las plantas se despiertan, cómo todo vuelve a la vida. O cuando estoy en lo alto de una montaña al amanecer y puedo ver todo mi territorio extendiéndose ante mí. Esos momentos… esos momentos hacen que todo valga la pena.
—¿Y qué hay de la gente? —preguntó Anne—. ¿Todavía interactúas con humanos?
Mari sonrió con nostalgia.
—No como antes. Hubo un tiempo en que la gente me visitaba constantemente. Dejaban ofrendas en las cuevas, me pedían ayuda, me contaban sus problemas. Yo los ayudaba cuando podía. Pero ahora… ahora la mayoría ni siquiera cree que existo. Soy solo una historia, un mito en un libro viejo.
—Yo creo en ti —dijo Anne en voz baja.
Mari la miró, y sus ojos se suavizaron.
—Lo sé. Por eso estás aquí. Pero eres una excepción, Anne. La mayoría de la gente está demasiado ocupada con sus teléfonos y sus ordenadores para mirar las montañas y preguntarse por nosotros, por nuestro mundo.
Se levantaron y continuaron caminando. El sendero ahora subía por una colina, y a medida que ascendían, Anne podía ver más del bosque mágico extendiéndose en todas direcciones.
—¿Sabes qué es lo más extraño de ser inmortal? —preguntó Mari de repente—. No es vivir para siempre. Es ver cómo todo lo demás cambia mientras tú permaneces igual. Los árboles que planté hace mil años ahora son bosques enteros. Las montañas que eran jóvenes y afiladas ahora están suaves y redondeadas por el tiempo. Los idiomas cambian, las culturas cambian, incluso la forma en que la gente me recuerda cambia.
—¿Cómo te recordaban antes? —Anne estaba completamente absorta en la conversación.
—De muchas maneras diferentes —Mari se detuvo en la cima de la colina, donde había una roca plana perfecta para sentarse—. Algunos me veían como una madre protectora. Otros me veían como una jueza, castigando a los que hacían mal. Algunos me temían, otros me amaban. La verdad es que soy un poco de todo eso. Soy compleja, como cualquier persona. Tengo días buenos y días malos. A veces soy paciente, a veces me enfado. A veces quiero ayudar a todo el mundo, y a veces solo quiero estar sola en mi cueva más profunda y no ver a nadie durante un siglo.
Anne se rio.
—Eso suena bastante humano, la verdad.
—¿Ves? —Mari le dio un codazo amistoso—. No soy tan diferente de ti. Solo tengo más poder y más responsabilidad. Y vivo mucho, mucho más tiempo. Pero en el fondo, siento las mismas cosas que tú. Soledad, alegría, frustración, esperanza.
—¿Esperanza? —repitió Anne—. ¿Esperanza de qué?
Mari miró hacia el horizonte, donde el cielo violeta se encontraba con las copas de los árboles plateados.
—Esperanza de que la gente vuelva a conectar con la tierra. De que recuerden que son parte de la naturaleza, no algo separado de ella. Esperanza de que las montañas sigan siendo montañas, de que los ríos sigan fluyendo limpios, de que las tormentas sigan siendo solo tormentas y no catástrofes. Esperanza de que, tal vez, no tenga que hacer todo esto sola para siempre.
Anne sintió un nudo en la garganta. Había algo profundamente conmovedor en escuchar a esta diosa antigua hablar con tanta vulnerabilidad.
—Cuéntame más sobre tu rutina —dijo Anne, queriendo aligerar el ambiente—. ¿Qué más haces en un día normal?
Mari pareció agradecer el cambio de tema.
—Bueno, después de revisar las montañas y las cuevas, y de ocuparme de cualquier tormenta que necesite atención, suelo visitar los lugares sagrados. Hay círculos de piedra antiguos, manantiales escondidos, árboles que han estado vivos desde antes de que los humanos llegaran a estas tierras. Esos lugares necesitan ser cuidados, protegidos. Son como… como anclas que mantienen la magia en el mundo.
—¿La magia es real entonces? —preguntó Anne, aunque la respuesta parecía obvia dado dónde estaba.
—Por supuesto que es real —Mari extendió su mano, y pequeñas chispas de luz comenzaron a danzar entre sus dedos—. La magia es solo otra forma de energía, otra forma en que el universo funciona. Los humanos modernos la llaman «imposible» porque no pueden medirla con sus instrumentos, pero eso no significa que no exista. Está en todas partes. En el crecimiento de una semilla, en el cambio de las estaciones, en la forma en que una tormenta puede limpiar el aire. Todo eso es magia.
Las chispas se convirtieron en pequeñas mariposas de luz que volaron alrededor de ellas antes de desvanecerse.
—También paso tiempo con los animales —continuó Mari—. Los zorros, los lobos, las águilas, los osos. Ellos me conocen, me reconocen. A veces me cuentan cosas, me advierten sobre cambios en el bosque, sobre cazadores furtivos, sobre áreas donde el ecosistema está desequilibrado. Son mis ojos y oídos en lugares donde no puedo estar todo el tiempo.
—¿Puedes hablar con los animales? —Anne estaba asombrada.
—No exactamente como tú y yo estamos hablando ahora. Es más como… como entender sus intenciones, sus emociones, sus necesidades. Y ellos pueden entender las mías. Es una comunicación más profunda que las palabras, en realidad.
Comenzaron a descender por el otro lado de la colina, y el bosque aquí era diferente. Los árboles eran más oscuros, más antiguos, con troncos tan gruesos que diez personas tomadas de la mano no podrían rodearlos.
—Y luego está la parte más difícil de mi trabajo —dijo Mari, su voz volviéndose más seria—. Mantener el equilibrio entre el mundo humano y el mundo natural. Cada vez que alguien construye una carretera a través de una montaña, cada vez que talan un bosque antiguo, cada vez que contaminan un río, siento el dolor de la tierra. Y tengo que decidir: ¿intervengo o dejo que los humanos aprendan de sus errores?
—¿Y qué decides normalmente? —preguntó Anne.
—Depende —Mari suspiró—. A veces intervengo de formas sutiles. Una tormenta que retrasa una construcción, un deslizamiento de tierra que bloquea una carretera, una sequía que hace que la gente reconsidere sus planes. Pero no puedo detener todo. No puedo controlar a los humanos, solo puedo influir en la naturaleza. Y a veces… a veces tengo que dejar que las cosas pasen, incluso cuando me duele.
—Eso debe ser horrible —dijo Anne con empatía.
—Lo es —admitió Mari—. Pero también he aprendido que los humanos son resilientes. A veces cometen errores terribles, pero también son capaces de cosas hermosas. He visto comunidades enteras unirse para limpiar un río, para replantar un bosque, para proteger una montaña. Esos momentos me dan esperanza.
Llegaron a un área donde había un círculo de piedras antiguas, cubiertas de musgo y grabadas con símbolos que Anne no podía leer. Mari se detuvo en el centro del círculo y cerró los ojos.
—Este es uno de mis lugares favoritos —dijo en voz baja—. Aquí es donde vengo cuando necesito recargar energías, cuando necesito recordar por qué hago lo que hago. Las piedras tienen memoria, ¿sabes? Recuerdan todo lo que ha pasado aquí durante miles de años. Cuando toco estas piedras, puedo sentir esa memoria, puedo conectarme con el pasado.
Anne observó cómo Mari colocaba sus manos sobre una de las piedras más grandes. Por un momento, todo el círculo pareció brillar con una luz suave, y Anne pudo jurar que escuchó voces antiguas susurrando en el viento.
—¿Alguna vez te sientes abrumada? —preguntó Anne—. Con todo lo que tienes que hacer, con toda la responsabilidad.
Mari abrió los ojos y sonrió.
—Todo el tiempo. Pero esa es la naturaleza de la responsabilidad, ¿no? Si fuera fácil, no sería realmente importante. Y sí, hay días en que quiero rendirme, en que quiero dejar que otro se encargue de todo esto. Pero entonces recuerdo que no hay nadie más. Estas montañas son mías, este clima es mío, esta tierra es mía. No en el sentido de posesión, sino en el sentido de conexión, de responsabilidad, de amor.
Salieron del círculo de piedras y continuaron caminando. El bosque ahora se estaba volviendo más etéreo, más onírico. Las formas de los árboles se difuminaban en los bordes, y el cielo parecía estar más cerca, como si pudieran tocarlo con solo extender la mano.
—¿Sabes qué es lo que más extraño? —preguntó Mari de repente—. Las celebraciones. Hubo un tiempo en que la gente celebraba las estaciones, los solsticios, las cosechas. Y yo era parte de esas celebraciones. Había música, baile, ofrendas, alegría. Ahora todo eso se ha perdido, o se ha convertido en algo diferente, algo que ya no me incluye.
—Eso es triste —dijo Anne.
—Lo es —Mari asintió—. Pero también entiendo que el mundo cambia. No puedo aferrarme al pasado para siempre. Tengo que adaptarme, encontrar nuevas formas de conectar con la gente, nuevas formas de ser relevante. Por eso me gusta cuando alguien como tú aparece. Me recuerda que todavía importo, que todavía hay gente que se pregunta sobre los misterios del mundo.
Anne sintió una calidez en el pecho. Era extraño pensar que ella, una chica normal que simplemente leía libros antes de dormir, pudiera significar algo para una diosa antigua.
—¿Hay algo que te haga feliz? —preguntó Anne—. Algo simple, quiero decir. No salvar el mundo o controlar tormentas, sino algo pequeño que te haga sonreír.
Mari se detuvo y pensó por un momento, una sonrisa genuina apareciendo en su rostro.
—Sí. Me encanta cuando llueve suavemente en primavera y puedo ver cómo las flores se abren. Me encanta el sonido del viento entre las hojas en otoño. Me encanta cuando un niño mira una montaña con asombro y se pregunta qué hay en la cima. Me encanta cuando alguien deja una piedra bonita en una cueva como ofrenda, incluso si no saben que lo están haciendo para mí. Son esos pequeños momentos de conexión, de belleza, de inocencia. Esos son los que me mantienen aquí.
Caminaron en silencio por un rato, simplemente disfrutando de la compañía mutua y de la belleza surrealista del bosque. Anne se dio cuenta de que ya no sentía miedo ni asombro abrumador. Ahora solo sentía… comodidad. Como si estuviera caminando con una amiga, no con una deidad todopoderosa.
—¿Puedo preguntarte algo personal? —dijo Anne finalmente.
—Claro —respondió Mari.
—¿Alguna vez te sientes… sola? No solo físicamente sola, sino… ¿emocionalmente?
Mari se detuvo y miró a Anne con una expresión que mezclaba sorpresa y gratitud.
—Sí —dijo simplemente—. Más de lo que me gustaría admitir. Es difícil conectar realmente con alguien cuando eres inmortal, cuando has visto pasar siglos, cuando tu perspectiva del tiempo es tan diferente. Las relaciones humanas son efímeras para mí. Conozco a alguien, nos hacemos amigos, y luego, en lo que para mí es un parpadeo, ya no están. Es… es doloroso.
—Lo siento —dijo Anne.
—No lo sientas —Mari le sonrió—. Es parte de lo que soy. Y momentos como este, conversaciones como esta, hacen que valga la pena. Aunque solo duren una noche, aunque mañana despiertes y esto sea solo un recuerdo borroso, para mí será algo real, algo que atesoraré.
Anne sintió lágrimas picando en sus ojos. Había algo profundamente conmovedor en la vulnerabilidad de Mari, en su honestidad.
—Yo no olvidaré esto —prometió Anne—. No importa lo borroso que se vuelva el recuerdo, no olvidaré esta noche. No te olvidaré a ti.
Mari se acercó y abrazó a Anne. Era un abrazo cálido, reconfortante, y Anne pudo sentir la energía de la diosa fluyendo a su alrededor, como estar envuelta en una tormenta suave.
—Gracias —susurró Mari—. Gracias por escuchar, por preguntar, por importarte. No sabes cuánto significa eso para mí.
Cuando se separaron, Anne se dio cuenta de que el bosque estaba cambiando de nuevo. Los colores se estaban desvaneciendo, volviéndose más pálidos, más translúcidos. Una sensación de cansancio comenzó a apoderarse de ella, como si hubiera estado despierta durante días.
—Está pasando otra vez —dijo Anne, reconociendo la sensación—. Me estoy despertando.
Mari asintió, aunque había tristeza en sus ojos.
—Sí. El sueño está terminando. Pero Anne, escúchame. Puedes volver. Cada vez que leas sobre mí, cada vez que pienses en las montañas y las tormentas, cada vez que te preguntes sobre los misterios del mundo, puedes volver aquí. Este bosque siempre estará esperándote.
—¿Lo prometes? —preguntó Anne, sintiendo cómo sus piernas se debilitaban.
—Lo prometo —dijo Mari—. Y Anne, una cosa más. Cuando despiertes, cuando vuelvas a tu mundo, recuerda esto: la magia no está solo en los sueños. Está en todas partes, si sabes dónde buscar. En las montañas que ves desde tu ventana, en las tormentas que pasan sobre tu ciudad, en la tierra bajo tus pies. Yo estoy ahí, siempre. Cuidando, protegiendo, amando este mundo. Y ahora tú lo sabes.
Anne quería decir algo más, quería agradecer a Mari por todo, pero el cansancio era abrumador. Sus rodillas cedieron, y se encontró acostándose en el musgo suave del bosque. Era tan cómodo, tan perfecto. Cerró los ojos, sintiendo cómo el mundo onírico se desvanecía a su alrededor.
Lo último que escuchó fue la voz de Mari, suave como el viento:
—Hasta pronto, Anne. Cuida de mi mundo, y yo cuidaré de ti.
Y entonces, todo se volvió negro.
—Anne. Anne, cariño, despierta.
La voz de su ama la sacó del sueño profundo. Anne abrió los ojos lentamente, parpadeando contra la luz del sol que entraba por su ventana. Estaba en su cama, en su habitación, rodeada de sus cosas familiares.
—Venga, que llegas tarde al cole —dijo su ama, abriendo las cortinas completamente—. ¿Otra vez te quedaste dormida leyendo?
Anne miró hacia su mesita de noche. El libro de mitología vasca estaba allí, abierto en la página sobre Mari. Tocó la página con los dedos, sintiendo el papel bajo su piel.
—Sí —murmuró—. Estaba leyendo sobre Mari.
—Esa diosa de las tormentas, ¿no? —su ama sonrió—. Siempre te han fascinado esas historias. Bueno, pues ahora mismo lo que te tiene que fascinar es levantarte y vestirte. Tienes veinte minutos antes de que salgamos.
Su ama salió de la habitación, y Anne se quedó allí sentada por un momento, procesando todo. ¿Había sido real? ¿O solo un sueño muy vívido?
Se levantó de la cama y caminó hacia la ventana. Desde allí podía ver las montañas a lo lejos, sus picos tocando las nubes. Y mientras las miraba, una brisa suave entró por la ventana, acariciando su rostro.
En esa brisa, Anne pudo jurar que escuchó una risa familiar, cálida y reconfortante.
Sonrió.
Real o no, sabía que volvería. Esta noche, cuando cerrara los ojos con el libro en sus manos, volvería al bosque entre sueños. Volvería a ver a Mari.
Y esta vez, tendría aún más preguntas que hacer.

