Vidas que se apagan en una Sociedad enferma
La muerte de Sandra, una niña sevillana de 14 años que se quitó la vida tras meses de acoso escolar, no es solo una tragedia individual. Es el reflejo del fracaso de una sociedad que presume de moderna, pero sigue sin saber proteger a su infancia. Los medios la describen como una niña alegre, sonriente, seguidora del Betis. Una chica normal, como tantas otras, que había denunciado junto a su familia los insultos y el hostigamiento en el colegio Irlandesas de Loreto. Pero nada cambió, o al menos no lo suficiente. Los protocolos, esos que deberían servir para proteger, se quedaron en papel. Las advertencias no bastaron. Y lo que podía haberse evitado terminó en lo irreversible.
El acoso escolar no es solo un problema entre niños. Es un reflejo de cómo nos tratamos los adultos y las adultas, de cómo la violencia, la burla o la indiferencia se infiltran en los espacios donde las personas menores aprenden a ser personas. Sandra fue víctima, sin duda, pero también lo fueron, de otra manera, quienes la acosaron. Lo fueron de un entorno que enseña que hay que destacar, ganar, someter o encajar; que quien es diferente o sensible tiene menos valor. Los acosadores nacen en la misma sociedad que señala, ridiculiza y compite sin empatía. Son el resultado de un modelo que no enseña a cuidar, sino a sobrevivir.
El colegio, como institución, tampoco está libre de responsabilidad. No basta con cambiar a un alumno de aula ni con prometer que “se vigilará de cerca”. Cuando una familia alerta dos veces de un posible acoso y la situación no mejora, no estamos ante un malentendido, sino ante una negligencia. Los centros educativos viven a menudo entre la falta de recursos y la costumbre de minimizar los conflictos. Pero detrás de cada protocolo no activado hay una vida que se apaga. Y eso no puede seguir siendo asumido como una fatalidad inevitable.
El problema está en el tipo de sociedad que construimos. En las aulas se reproduce la misma lógica que en el trabajo, en las redes o en la calle: competir, destacar, sobrevivir. Hablamos de empatía y de valores, pero educamos en la presión, en la imagen y en el éxito individual. A los niños y niñas les exigimos comportarse como adultos en un mundo que ni siquiera nosotros sabemos manejar. Les empujamos a un sistema donde la vulnerabilidad se considera una debilidad, no una parte natural de ser humano. Así creamos generaciones que no saben cuidar ni dejarse cuidar.
Y no se trata solo de señalar culpables, sino de cambiar estructuras. Hay que reforzar la atención psicológica en los centros, reducir las ratios, formar a docentes y familias para detectar el sufrimiento antes de que sea demasiado tarde. Pero también hay que mirar más allá de la escuela. Porque los niños aprenden de lo que ven. De cómo hablamos entre nosotros, de cómo tratamos a los demás, de cómo reaccionamos ante quien es diferente o se equivoca. Si crecen escuchando desprecios, burlas o humillaciones, ¿cómo van a aprender a respetar?
Los acosadores, por su parte, también necesitan acompañamiento. No basta con castigar o expulsar. Muchos repiten lo que ven en casa, en la televisión o en las redes: la burla como forma de poder, la humillación como forma de existir. Si los tratamos solo como enemigos, perpetuamos el ciclo. Si los escuchamos y les ayudamos a comprender el daño que causan, puede que aprendan a romperlo. La educación no consiste en señalar culpables, sino en enseñar a reparar.
La historia de Sandra debería servirnos para mirar hacia dentro. Para preguntarnos por qué los adultos nos comportamos tantas veces igual: insultando, despreciando, atacando al diferente, culpando a la víctima. Los niños no aprenden a odiar solos. Nos observan, nos imitan, y muchas veces reproducen en el patio lo que ven en casa, en la televisión o en internet. El problema del acoso no está solo en el aula; está en una cultura que ha normalizado la crueldad y la falta de empatía. Nos hemos acostumbrado a convivir con la violencia cotidiana.
Sandra ya no está, pero lo que nos deja no debería ser solo tristeza. Debería ser un llamado a construir otra forma de convivencia. Que las escuelas sean espacios de cuidado y no de miedo. Que las familias encuentren apoyo real. Que la salud mental deje de ser un tabú. Que dejemos de mirar hacia otro lado cuando alguien sufre. Porque la solución no está en enseñar a resistir, sino en evitar que haya que resistir tanto. Que nadie tenga que sobrevivir a su infancia.
Acabar con estas situaciones solo será posible cuando también nosotros dejemos de mirar a los demás sin empatía. Seguro que todos y todas hemos sido alguna vez víctimas o cómplices de situaciones o comentarios que luego querríamos que, por ciencia divina, no repitieran nuestros hijos e hijas ni los de los demás. Analicemos simplemente cuántas de nuestras palabras, de nuestras bromas, de nuestras reacciones son violentas o llevan lenguaje violento. Los niños y niñas viven rodeados de violencia y de perseguir el éxito, empujados por una Sociedad enferma, desde casi cuando son bebés. Y solo cuando los adultos aprendamos a tratarnos con respeto, ternura y cuidado, ellos podrán aprender a hacer lo mismo.

